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Se alquilan cuerpos.

El otro día mi suegra se quejaba de un dolor en la cadera. Nada nuevo. Es un dolor que le acompaña ya hace bastante tiempo. Años incluso.

También hace años que practica Yoga y Pilates, una vez a la semana cada uno y se considera una persona activa. Es cierto que también le gusta la jardinería y dedica bastante tiempo a ello.Me atrevería a decir que saca más beneficios de lo que hace cuidando sus plantas que de las clases de Yoga y Pilates.

Cada año viene a visitarnos (vive en Brasil) y siempre asiste a la mayoría de mis clases mientras está en Barcelona. Sabiendo que tiene ciertas limitaciones, siempre intento enseñarle cosas para que pueda hacer por su cuenta cuando vuelva a casa. Le animo a practicar cada día y enviarme vídeos para que le de feedback.

Cada año se va ilusionada y con muchas ganas de seguir practicando, ya que ha aprendido cosas nuevas y estuvo compartiendo con otras personas durante las clases. Pero una vez vuelve a casa no es lo que pasa.Vuelve a sus clases de Yoga y Pilates y hace muy poco o nada de lo que le he enseñado durante su estancia en Barcelona.

¿Porqué nos cuesta tanto tener una práctica personal? Algo que hagamos cada día para tomar conciencia y responsabilidad del estado de nuestro cuerpo – y mente.

Algo como cepillar los dientes. Preparar el café. Afinar el instrumento para practicar.

¿Será falta de información? Yo digo que no.

Estamos mal acostumbrados a recibir todo masticado y colocar en las manos de los demás la responsabilidad de cuidar de lo que tenemos de más valioso.

Nuestro instrumento para explorar, expresar y interactuar con los demás y el mundo que nos rodea. Nuestro cuerpo.

Lo tratamos como si no fuera nuestra responsabilidad. Como si alguien tuviera que decirnos cómo tenemos que cuidarlo. O peor aún, que lo normal es esperar que alguien lo haga por nosotros. Nos diga qué, cuándo, dónde y cómo debemos hacerlo. Esperando que nosotros ciegamente lo hiciéramos como si se tratara de un artículo que tiene piezas de recambio, o que se pudiera cambiar por otro si fuera el caso.

Dejemos de tratar nuestro cuerpo como si fuera de alquiler.

Se ha creado una industria donde nos hacen creer que unos pocos controlan el conocimiento y dependemos que estos nos digan lo que tenemos que hacer. Que solo podemos movernos en su presencia, durante citas con horas concertadas. Creando una dependencia innecesaria y una cultura de miedo al querer hacer cosas por nuestra cuenta. Como si necesitásemos un entrenador-canguru para aprender a usar nuestro propio cuerpo.

¿Quién te ha enseñado a rodar por el suelo y a ponerte de pie? ¿A caminar? Nadie. Aprendiste solo. A través de la exploración de tus posibilidades y capacidades.

¿Qué conocimiento tenías entonces? Ninguno. Ni idea de anatomía, biomecánica o fisiología, tampoco tenías acceso a artículos científicos, libros, etc.

Lo que más importaba, tu gran motivación, era tener aquel juguete en la boca lo más rápido posible o coger un buen puñado de arena y refregarlo en toda la cara.

Lo que quiero decir – y fomentar – es que no hace falta complicar las cosas. Es mucho más sencillo de lo que pensamos.

Tú tienes – de serie – todas las herramientas necesarias para desarrollar una práctica y cuidarte sin depender de nadie. Una práctica de vida.

Volvamos a los orígenes. A la exploración de las posibilidades que te ofrece tu cuerpo.

Elige una articulación, por ejemplo, y muévela de todas las maneras posibles. Ahora otra. Sin prisa, con conciencia. Siente, entiende, aprende. Ahora experimenta mover dos articulaciones a la vez. ¿Qué pasa? ¿Qué sensaciones y emociones afloran?

Estás tomando la responsabilidad del cuidado de tu cuerpo y aprendiendo a través de la experiencia, de forma lúdica, estando presente, desde dentro.

Nadie, absolutamente, nadie puede hacer esto por ti. Es tu superpoder. Úsalo a tu antojo. Es inagotable.

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